Pasado un tiempo prudencial y, a la vista de los acontecimientos, a mí me da que lo que está pasando es que, como diría el castizo, se han juntado el hambre con las ganas de comer. A un lado del ring tenemos al Sr. Mora, político de escaso bagaje (sigamos con los eufemismos) que, de la noche a la mañana, se encontró al frente de dos delegaciones ―Personal y Seguridad Ciudadana― que requieren una buena dosis de templanza, destreza y experiencia; cualidades con las que, a la vista de los resultados, D. Víctor parece no contar suficientemente. Al otro lado del cuadrilátero se presenta uno de los colectivos más conflictivos que ha tenido Sanlúcar en los últimos años: la Policía Local. En ocasiones utilizada como florero por los gobernantes (recuerdo cuando Agustín Cuevas los montó a caballo y los puso a patrullar las calles al más puro estilo John Wayne), siempre mal dotada de medios (algunos agentes llegaron a trabajar en la calle sin su arma reglamentaria) y percibida dicotómicamente por los ciudadanos como héroes o villanos, según sean objeto de su protección o de sus multas.
Por el momento, ambos púgiles están en fase de tanteo, intentado averiguar los puntos débiles del contrincante. Mientras el Sr. Mora trata de sacar provecho de la palpable división existente en el colectivo de trabajadores y, simultáneamente, lanzar un mensaje de autoridad al resto de funcionarios municipales, los agentes mantienen el pulso basándose, no en el derecho a huelga, del que carecen como el resto de fuerzas de seguridad, sino en, por ejemplo, dejar de hacer "servicios voluntarios", paradójica medida que pone a las claras la endeblez de un sistema de trabajo que depende de las ganas que tengan los policías de hacer horas extra.
Pero ya se sabe que ser optimista en Sanlúcar es una profesión de riesgo. Veremos.






